lunes, 7 de septiembre de 2009

HOMBRES A CABALLOS

En 1535 son abandonados por la expedición de don Pedro de Mendoza según el cronista de aquella época Ulrico Schmidt quien acompañaba a la misma en las llanuras rioplatenses 72 equinos, sobrevivientes de los 100 animales embarcados en España estos animales se desarrollaron muy bien en estas pampas favorecidos por las extensas llanuras y ricos pastizales, como también excelentes aguadas y pocos predadores.
Con la llegada de Don Juan de Garay se vio sorprendido durante la segunda colonización del Rio de la Plata por el gran numero de caballos que vagaban por la región, que se criaban chúcaros y salvajes por nuestras agrestes pampas.
Este adelantado calculaba que el ganado equino entre caballos y yeguas hacían la suma de entre ochenta a cien mil animales, no obstante no solo en estas regiones ingresaron animales sino también los españoles ingresaron en el caso de lo que es hoy Colombia y Venezuela. Los primeros ejemplares que llegaron a Perú se extendieron a Ecuador y Bolivia. Y finalmente a Chile (1535) y Paraguay (1541).
Doscientos años después el testimonio del viajero jesuita Tomas Falkner resulta mas que elocuente:”Los caballos alzados no tienen dueño y andan disparando en grandes manadas por aquellas vastas llanuras…En un viaje que hice al interior, el año 1744, hallándome en esas llanuras durante tres semanas, era su numero tan excesivo que durante quince días me rodearon por completo. Algunas veces pasaron por donde estaba en grandes tropillas a todo escape, durante dos o tres horas sin cortarse; y durante todo ese tiempo, a duras penas pudimos yo y los cuatro indios que entonces me acompañaban librarnos de que nos atropellasen e hiciesen mil pedazos…”.


Conforme al medio ambiente donde vivían y las exigencias a que eran sometidos, los caballos de las llanuras argentinas fueron adquiriendo a través de los años características singulares, como su resistencia al hambre, la sed y la fatiga.
En el siglo XIX Roberto B. Cunninghame Graham al comparar los caballos de Inglaterra con los de nuestras pampas, decía que aquellos “son artículos de lujo”. “Cada uno de ellos agregaba, tiene un hombre que lo cuida, recibe su pienso regular de heno, jamás se le exige mayor fatiga o que lleve gran peso y mucho menos, que haga frente al mal tiempo. Se lo estima por su andar, por su docilidad o tan solo por el valor pecuniario que representa”. En tanto en la Argentina, afirmaba Cunninghame, “no exigimos a nuestros caballos que sean muy ligeros, importan un bledo que sean mansos, y su valor pecuniario es bajo. Lo que buscamos es el aguante, que sean capaces de soportar hambre y la sed. Un caballo capaz de llevar a un hombre 23 leguas es un buen caballo, es mejor aun uno que haga 30 leguas y si es capaz de repetir esta marcha por dos o tres días consecutivos, es el mejor de todos. No importa su pelaje feo, que sea tuerto y tenga todos los defectos…”.
En cuanto a la fortaleza de los caballos (y también de los jinetes) hay pasajes de nuestra historia que ratifican con elocuencia lo referido por Cunninghame.
Como el caso del capitán de Granaderos Manuel Escalada, encargado por el general José de San Martin, libertador de América de llevar a Buenos Aires el parte de la victoria de Chacabuco y una bandera tomada al enemigo, eligió para ello sus mejores caballos, que habían participado en el reciente combate. Partió de Santiago de Chile el 14 de febrero de 1817, cruzo la Cordillera en 48 horas y “al galope corto”, unió Mendoza con Buenos Aires en 11 días.
Es que a través del caballo seria el elemento esencial para su colonización, liberación y desenvolvimiento económico.
Sarmiento señalaba al caballo como responsable directo de la montonera, el caudillaje y la desorganización nacional. ¿ A caso podía concebirse un caudillo “ dé a pie” ?
Estas teorías del ilustre sanjuanino serán confirmadas por innumerables referencias al caballo. Y hasta desprecio al europeo que no sabia cabalgar. Lucio Mansilla (padre del autor de la Excursión a los Indios Ranqueles”) exclamaba en la Cámara de Representantes durante el bloqueo francés:”¡ Que nos van a hacer esos gringos que no saben galoparse una noche! Y la barra aplaudía frenética.
Rosas que gobernaba en ese tiempo, resultaba sin duda una figura atrayente y pudo someter al país durante muchos años porque era hombre “de a caballo”, lo mismo Estanislao López, Pancho Ramírez y Urquiza. Al Chacho Peñaloza, desterrado en Chile, le preguntaron como le iba, y respondió: “Como quiere que me vaya: ¡ en Chile y a pie !
Finalmente Guillermo Hudson escribió que únicamente montado en un equino el hombre rioplatense adquiere el pleno uso de sus facultades y cuenta que antes de tener fuerza para sostenerse sobre sus propias piernas y de aprender a caminar, sabia mantenerse sobre el lomo de un caballo. Lo que de alguna manera no era una exageración ya que las madres criollas, mientras estaban ocupadas en las tareas domesticas, solían dejar a sus hijos sobre un caballo manso, atado al palenque. Y el niño, como si intuyera que en ello le iba la vida y la felicidad, nada adquiría con mayor prontitud que la destreza para permanecer montado.
Son tiempos en que la riqueza o la pobreza, dependen nada mas que nade del numero y calidad de los caballos que se poseen; y hasta la hombría se juzga según la mayor o menor habilidad para mantenerse en el lomo del caballo o, en ultimo caso, para saber caer de pie, con el cabresto en la mano, que es señal –entre los gauchos – que aun en el suelo no se ha perdido el dominio del animal.
Así, en los siglos XVIII y XIX, en las grandes llanuras de nuestra Patria, Argentina, el caballo resulta indispensable. Quizás el cuchillo o facón –arma y herramienta gaucha- sea el único elemento capaz de discutirle esa prerrogativa. A caballo y con cuchillo el rioplatense se siente y se sabe, fuerte, seguro y libre; con ellos, en ese medio, puede procurarse en cualquier momento su alimento básico.
El caballo representa, además, la posibilidad del entretenimiento favorito: las boleadas de avestruces, venados y otras alimañas, el juego del pato, la sortija, las carreras cuadreras. Estas últimas eran carreras cortas, en línea recta, que se llamaron así porque su recorrido se media por cuadras. Como los caballos, también son introducidos por los españoles, hallan mucha aceptación en estas tierras y a veces hasta las calles de la ciudad de Buenos Aires y sus aledaños le sirven de escenario.
Así en 1747 al celebrarse la coronación del nuevo monarca español Fernando VII se disputaron carreras cuadreras con punto de partida en la llamada Esquina de las Cañas, hoy Sarmiento y Maipú.
No obstante frente a la hostilidad de la naturaleza, no existe otro medio de transporte en el virreinato mas rápido y seguro, y también llegada la noche, el propio apero se transforma en cama; aunque esta suficientemente probado que el gaucho podía dormir y descansar tranquilamente sobre el caballo, conservando la marcha regular del paso o del galope corto.
Apenas se abandona las poblaciones, en el desierto, ya no existe posibilidad de sobrevivir sino es a caballo. Si en las ciudades, hasta los mendigos y tullidos del Virreinato circulaban y recaudaban obolos desde la altura del caballo, en la pampa, el hombre “de a pie” es hombre muerto. El gaucho viajero y el indio –señor del desierto- lo sabían bien.
Y aunque sus sistemas de equitación y sus métodos de tratamiento del caballo fueron diferentes, ambos tipos americanos coinciden en su congénita preocupación por andar “bien montados” y en su terror por quedar “de a pie”.-
Raúl L. Carman

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